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Antes de "destruir" el capitalismo, traten de entenderlo
Antes de "destruir" el capitalismo, traten de entenderlo
Resulta tan fácil destruir el capitalismo haciendo de él un espantapájaros
Por Alberto Mingardi
El sueño de la razón produce monstruos. Escrito bajo el dictado de Morfeo nos llega "¿De qué padece el capitalismo", el ensayo de Ernst-Wolfgang Böckenförde, incluido junto con una contribución de Giovanni Bazoli en "Iglesia y Capitalismo" (Edit. Morceliana).
De algunos textos se dice que están más allá del tiempo, de éste lo mejor puede decirse es que está más allá de este mundo. Eminente jurista alemán, Böckenförde parte de un tema surrealista: el capitalismo moderno no es el resultado de la conducta de un número infinito de actores, cada uno dedicado diariamente a lograr pactos con una realidad siempre compleja, sino que en sí mismo "da forma a la conducta económica de los individuos y la integra en sí". El capitalismo consistiría en "el desarrollo de procesos de acción basados en unos pocos principios instrumentales (...) que integran al hombre no en cuanto persona y en su totalidad, sino solo mediante los impulsos que estos principios instrumentales exigen". En concreto, "el impulso fundamental está dado por un individualismo autorreferencial que lleva a los implicados a aumentar siempre las compras, las innovaciones, las ganancias".
Continuación:
El "sistema" aplastaría al individuo, para convertirlo en el "homo economicus", esclavo de las pasiones más mezquinas, obligado a hacer el vil y miserable cálculo de ingresos y gastos. "El capitalismo sufre desde su propio punto de partida debido a su idea-guia de racionalidad instrumental (...) así que la enfermedad no se puede erradicar con remedios paliativos, sino sólo mediante la sustitución de su punto de partida". Lo que hay que erradicar es un "individualismo posesivo, que toma como punto de partida los intereses de la codicia individual potencialmente ilimitada." Somos máquinas programadas para la acumulación.
Aparte del gusto por la controversia al rojo vivo, en estas páginas falta de todo. No existe un simulacro mínimamente realista de antropología, no existe una discusión sobre las instituciones en que descansa un sistema de mercado, no existe alternativa. Sólo un lamento: por la "solidaridad" como el "principio que estructure la vida en común de los hombres en el campo económico".
A cada quien su dosis de nostalgia, pero es evidente que los patrones estrictamente comunitarios, de compartir los puntos de salida, los de llegada y los caminos trazados entre unos y otros, sólo son válidos en grupos pequeños. ¿Regresar a la vida en tribus?
Böckenförde, citando a Marx, toma uno de los aspectos más peculiares de la economía capitalista. La indiferencia hacia las fronteras nacionales, la irreverencia hacia los estados. Pero es extraño sostener que el capitalismo habría quitado el "territorio nacional" bajo los pies de la "industria": la economía de mercado precede, no sigue, la invención del Estado-nación. Este último es esencialmente moderno. La economía de mercado había nacido mucho antes, es el movimiento de mercancías, el nacimiento de las finanzas, la competencia según las formas y el momento de la época, lo que creó el ahorro necesario para impulsar la revolución industrial.
Parece una equivocación menor, pero no lo es. Porque es en el anhelo de un mundo de cuento de hadas, donde se revela la verdadera naturaleza de los anti-capitalistas. La nostalgia por un mundo que nunca existió, y para hombres que nunca han pisado esta tierra. La acusación es siempre la misma: la historia, el devenir, el progreso, el mercado le han arrebatado al hombre su inocencia. La expulsión del paraíso no ocurrió por el robo de la manzana, sino por la invención de la máquina de vapor. Y nuestro paso por la historia, nuestra vida, es una degradación en comparación con lo que pudo ser y no fue.
En sus comentarios a Caritas in veritate, Giovanni Bazoli reconoce que "este modelo económico ha llevado a la vida de las personas la oferta de productos y servicios mejores y más baratos". Un "modelo económico" que fue "marcado por una desregulación desenfrenada, que llevó a liberalizaciones, privatizaciones, recortes de impuestos, búsqueda de ganancias". Disculpe, profesor, pero usted tiene su residencia en Hong Kong o en Italia?
Resulta tan fácil "destruir" el capitalismo haciendo de él un espantapájaros. Lástima que algunas declaraciones deban ser contextualizadas. ¿Qué sería una desregulación "exagerada"? ¿El hecho de que algunos operadores financieros ("bancos de inversión, fondos de cobertura, compañías de seguros"), no siendo bancos comerciales, no estaban "obligados a cumplir con las normas establecidas para los bancos comerciales"?
Ese supuesto irresistible viento liberal en el mundo resultó ser una brisa tibia, y las dinámicas de la crisis son más legibles como el resultado final del "episodio keynesiano", que como un subproducto de un "thatcherismo elevado a la potencia" (metáfora muy apreciada por la imaginación de algunos intelectuales).
Pero más allá de estas consideraciones, que después de todo son solo detalles, sorprende en los ensayos gemelos de Böckenförde y Bazoli la feroz ceguera sobre la naturaleza del sistema que "destruyen". Lo que se les escapa por completo es cómo el capitalismo no crea un proyecto, no es un plan urdido por un arquitecto diabólico. Es sólo el producto de la interacción contínua de compradores y vendedores. No por casualidad, en su análisis los consumidores han desaparecido por completo. Son títeres del "interés por adquirir", ATMs despojados de toda la humanidad. Para ellos no son las mismas personas que arropan a sus hijos en la noche o se reenamoran cada día de su esposa. Seres humanos que se encuentran unos con otros, obligados a servirse entre ellos, a entregarse. En las espirales amorosas de la economía de mercado.
Tomado de Il Riformista, 14 de marzo de 2010
Fuente: http://www.brunoleoni.it/nextpage.aspx?codice=9020
Palabras clave: Capitalismo, economía, economía de mercado