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El Nobel regresa al libre mercado
El Nobel regresa al libre mercado
Elinor Ostrom y Oliver Williamson utilizaron los instrumentos de la economía para profundizar la comprensión de cómo las personas aprenden a cooperar.
Por Carlo Lottieri
Existe ciertamente un vínculo entre los estudios de Elinor Ostrom, premiada hace pocas horas con el Nobel de economía gracias a sus investigaciones sobre el papel de la propiedad común, y los de Oliver Williamson, quien también recibió el mayor honor otorgado a los economistas por el desarrollo de una teoría de la empresa. En el fondo, ambos expertos han utilizado las herramientas de la economía para profundizar la comprensión de cómo las personas aprenden a cooperar. Ambos, en particular, han sido capaces de observar el mercado como una institución que permite el desarrollo interno de otras instituciones.
Esta vez, los suecos han elegido de forma bien calibrada. Si el año pasado todos quienes habían premiado a Paul Krugman habían hecho una evaluación bastante extraña (otorgando un título de prestigio a un comentarista político conocido sólo por su parcialidad, y que en verdad es un estudioso muy modesto), Ostrom y Williamson son investigadores de valía, que han hecho contribuciones significativas a la ciencia económica. No son conocidos por el público en general porque no escriben editoriales en The New York Times, pero son apreciados por todos los economistas informados. Para presentar sus trabajos conviene comenzar por Ronald Coase, en particular por dos de sus conocidos ensayos, "La naturaleza de la empresa" (1937) y "El problema del coste social" (1960). Este último es el artículo más citado en la historia y se plantea esencialemente la cuestión de valorar como muchos problemas de "externalidades" (es decir, los conflictos entre las actividades que no son fáciles de conciliar: una empresa, por ejemplo, que contamina una laguna donde un pescador consigue su sustento) se pueden resolver sin recurrir a las soluciones clásicas: la regulación y la fiscalidad.
En este estudio, Coase -que precedió a Williamson y Olstrom en obtener el Premio Nobel (fue galardonado en 1991)- señala cómo a menudo podemos lograr mejores soluciones, simplemente mediante la definición de los derechos de propiedad ("quién puede hacer qué") y, después, dejando interactuar y negociar a los distintos actores. Por ejemplo, si el lago es del pescador, la empresa no lo contaminará, a menos que ofrezca una recompensa que el propietario considere conveniente.
Es también gracias a estos estudios que la economía ha vuelto a descubrir su antigua vocación de ciencia social capaz de iluminar las principales cuestiones institucionales, como en los tiempos de la economía política de Turgot, de Adam Smith o de Jean-Baptiste Say.
Williamson parte de aquí, pero también y sobre todo de aquel ensayo de juventud de Coase, en el que la empresa se ve como una solución que surge del mercado. Dentro de una economía limitada a sujetos individuales habría una enorme complejidad de intercambios puntuales que harían costosísimas algunas producciones y actividades. De ahí la necesidad de estructurar la producción por medio de "jerarquías" que, sobre la base de relaciones contractuales, eviten la necesidad de una negociación continua. La compañía nace en ese momento. El trabajador o el empleado solo negocian su posición, y luego se limitan simplemente seguir las instrucciones de los que -dentro de la estructura de la empresa- están asignados para organizar la producción.
Desde esta perspectiva, la empresa ya no es algo ajeno o de otra índole respecto al mercado. En lugar de ello la empresa deriva del propio mercado y se desarrolla para que sea más eficiente: capaz de satisfacer a los consumidores. La acción empresarial de quien crea, estructura y "planifica" la estructura corporativa se encuentra así en el centro de la vida de una economía de mercado plenamente desarrollada.
No es casualidad, entonces, que un estudiante de Williamson como Peter G. Klein se refiriese a su viejo maestro como el ganador del Nobel más cercano a las ideas de la escuela austríaca de economía: al menos desde 1974 (año en que el premio fue otorgado a Friedrich von Hayek). La llamada escuela "austríaca", de hecho, no sólo es la más liberal entre las escuelas de economía, sino que también es la que más ha destacado el papel de varios factores: la subjetividad de las preferencias (y por tanto la naturaleza subjetiva del valor), el papel de las instituciones de formación espontánea, el carácter disperso de los conocimientos. Y Williamson parece ser muy sensible a algunas de estas lecciones cuando presenta una teoría de la gobernanza corporativa que hace hincapié en la racionalidad limitada de los actores, subraya que la incertidumbre es un hecho ineludible (porque no hay contrato que pueda prever todas las situaciones posibles que surgirán) y, por último, destaca la centralidad del proceso de adaptación constante y la mediación.
En este sentido, a fin de que las empresas puedan estructurarse de la mejor manera y funcionen eficazmente (incluso evitando que la necesaria "jerarquía" corporativa adquiera caracteres de alguna forma no liberales), es necesario que estas "islas estructuradas" que son las empresas se inserten en un mercado realmente abierto. Sólo una fuerte competencia puede ofrecer a las empresas, a quienes las dirigen y a quienes participan en cualquier medida de su existencia, la información adecuada para avanzar en la dirección correcta. Sólo la posibilidad de encontrar alternativas en su entorno, en particular, garantiza la posibilidad de abandonar una empresa mal gestionada o que no ha podido premiar a aquellos que trabajan en ella.
En este sentido, la empresa resuelve los problemas estructurales del mercado (el exceso de gastos de una negociación omnipresente), pero al mismo tiempo, le quita espacio a los poderes públicos. La organización de los individuos en empresas termina mejorando su actuación y demostrando cómo la disyuntiva clásicamente identificada por Hobbes entre el orden (el Estado) y el desorden (el mercado) se puede evitar. La compañía diseñada empresarialmente que está en el corazón de la búsqueda de Williamson es un pilar fundamental de la sociedad libre.
La propia Ostrom no está lejos de los temas y cuestiones que son centrales para el pensamiento liberal.
En particular, la econonomista estadounidense (esposa de Vincent, también economista y cofundador de El Taller de Teoría Política y Política Pública de la Universidad de Indiana) ha discutido muchas veces el tema de las "propiedades comunes" -piénsese en los condominios- como nuevas soluciones en ciertas situaciones especiales.
Sobre la base de una obra clásica que se remonta a 1968 del biólogo Garrett Hardin dedicada a la llamada "tragedy of the commons" (la tragedia de los comunes), la literatura económica liberal a menudo ha visto con recelo cualquier solución supra-individual. En este sentido, los estudios de Ostrom (y los de aquellos que junto a ella han intentado comprender la racionalidad de las soluciones colectivas) han revelado sin embargo -y la analogía con los estudios de Williamson es evidente- como un mayor tamaño suele ser deseado por los consumidores y con gran satisfacción. Los condominios, al igual que las empresas, son hijos del mercado, y no enemigos o adversarios.
En este sentido es interesante observar que incluso en Italia, quienes se ocupan de las instituciones tradicionales regionales a menudo ven a Ostrom como referencia. Es su análisis económico de las instituciones y la política -una gran deuda de los estudios de la Public Choice (James M.. Buchanan, entre otros)- el que puede iluminar la racionalidad y, bajo ciertas aspectos, incluso la realidad de un tipo de propiedad común, que es más comunitario que público, más de consorcio que estatal.
Hoy, además, Ostrom es estudiada a menudo por quienes estudian la competencia institucional y el federalismo, porque sólo gracias a una explicación económica capaz de explicar la vocación de los propietarios de poner algo en común y, sin embargo, dejar algo bajo su control directo es que es posible comenzar a desarrollar un análisis del gobierno dividido y del pluralismo de las instituciones que ayude a comprender la fuerza de las soluciones institucionales descentralizadas: que obligue a las ciudades y a las regiones a competir entre sí.
Si el año pasado llegó de Estocolmo una decisión vergonzosa, porque Krugman es a la economía lo que Dario Fo es a la literatura, con las dos opciones de este año los académicos suecos regresan a la esencia de las cosas. También podrían haber hecho otras selecciones (pienso en Israel Kirzner, por ejemplo, cuyos estudios sobre el empresario son de suma importancia), pero nadie -en los próximos años- podrá culparlos de no premiar a estudiosos de verdadero valor.
Fuente: http://www.brunoleoni.it/nextpage.aspx?codice=8363
Palabras clave: Premio Nobel, Premio Nobel de Economía, 2009, Elinor Ostrom, Oliver Williamson, Economía, Escuela Austríaca de Economía, Ronald Coase, Garrett Hardin, Public Choice, Paul Krugman